29 de mayo de 2012

1978

Fueron 12 meses de eventos que cambiaron mi vida. Yo tenía 12 años y entraba - involuntaria e irremediablemente como todos - en la pubertad, lo que en mi caso significaba que básicamente me sentía patética.

Estaba en 7° grado y pasando por todos los duelos asociados a la salida de la primaria y de la infancia, más otros relacionados con situaciones familiares complejas. 
Veía con envidia a mis compañeras ya pechugonas mientras que yo podía mirarme las puntas de los pies sin que nada en el medio interfiriera con el paisaje. Durante meses había luchado para que mi papá me dejara ir a mi primer baile "de la cole" en el club Hebraica, sin saber (oh, ingenua de mí) que yo, con mis anteojos-culo-de-botella y mi inseguridad galopante, tenía el partido perdido antes de entrar a la cancha. Así que, nuevamente, miraba desde afuera cómo mis amigas altas, curvilíneas y peinadas a lo Farrah Fawcett, eran sacadas a bailar "... we don't need no education...", hacían la coreo de rigor (patita y cuerpo inclinados hacia adelante, luego hacia atrás) y entraban sin problemas al estreno de Fiebre de Sábado por la Noche, que era prohibida para menores de 14. 

Ese año me subí a un avión por primera vez, rumbo a las Cataratas del Iguazú. Fue también mi primera salida al "exterior" porque pisamos (y sí, en rigor sólo pisamos) Asunción de Paraguay y Foz do Iguacu (¿cómo marda se pone la c portuguesa en la compu?) en la parte brasilera. Siguiendo con los viajes, un par de meses antes del Mundial '78, nacía ATC (Argentina Televisora Color) ampliándonos la paleta de colores a los que crecimos con los acromáticos.  Todo el mundo iba a comprar los aparatos a Brasil porque además era la época de la Plata Dulce y el cambio nos favorecía. Nosotros, obviamente, no fuimos la excepción, así que pudimos disfrutar de los shortcitos de Kempes y Cía.(que irónicamente eran negros!) virtualmente en vivo, en directo y, por supuesto, A Todo Color. 

Además de todo eso, 1978 fue el año de mi Bat-Mitzvá. No es que fuera gran evento para mí. Pero sí me acuerdo que todas las nenas del A, del B y del C fuimos víctimas del severo mal gusto de una o más madres que -probablemente envidiosas de nuestra juventud y con cero consideración por el Síndrome de Patito Feo típico de la edad - pergeñaron los uniformes para la ceremonia religiosa conjunta que hicimos en el colegio. Eran unas blusas blancas cerradas hasta el cuello, de mangas cortas abuchonadas, seguidas por  una pollera larga hasta el piso, del color azul más horriblemente marino y el corte menos sentador imaginable. O sea, eramos la versión jewish de La Novicia Rebelde... agggggghhhh!

Ah, y se me estaba quedando fuera del tintero mi primera aventura sin padres: el reglamentario viaje de egresados a Córdoba, del cual no recuerdo mucho en realidad, salvo que fuimos al hotel del Sindicato de Luz y Fuerza (!no nos privábamos de nada,ojo!) de La Falda o La Cumbre no sé; que nos tiramos por un tobogán gigante y ondulado con el tujes apoyado en una especie de bolsa de arpillera, y que en general estuvo divertido. Y, si no me equivoco, les traje como souvenir un relojito Cucú de dudoso gusto a mis papás, que por supuesto aceptaron sin darme ni la hora.

En fin, tengo la esperanza de que la pubertad de mi Sol, que se viene instalando no-tan-subrepticiamente desde hace un tiempito, sea diferente. Sé que no puedo hacer mucho al respecto, pero al menos sé con seguridad que dedicaré todas mis fuerzas a elegir junto con ella un vestido de Bat-Mitzvá en el que se vea espectacular...