13 de enero de 2012

Miramar

Miramar es una ciudad balnearia de la Costa Atlántica argentina que queda a 45 km al sur de la más conocida Mar del Plata. A pesar de ser un destino muy concurrido en verano, pareciera haber quedado congelada en los '60s o '70s en cuanto a infraestructura principalmente. Es como esos matrimonios que después de un tiempo, ya no se acuerdan por qué siguen juntos y se dejan estar. Sin embargo, la lealtad ciega de mucha gente hacia Miramar equivale a la del hincha de River. No exagero.
Conozco más de una familia que va todos los veranos al mismo departamento, al mismo balneario e incluso a la misma carpa. Todos los años suelen bajar a la misma hora a la playa y se instalan en sus tiendas de campaña, donde los esperan  resignadas las 4 sillas de mimbre, la mesita y alguna que otra reposera de plástico. Al ratito, el calor que se acumuló en los pasillos como la sal en el Mar Muerto, los hace soñar con un chapuzón. Sin embargo, la tarea no es tan simple. Para llegar a la orilla, hay que estar dispuesto a convertirse en fakir. Los que no lo logran dignamente, sucumben a una desesperada carrera de saltitos, gritos y puteadas contra la arena quemante. Una vez superada la prueba, l@s más perseverantes hunden sus pies en el borde costero para resfrescarse con el viento y mojarse las patitas con la esperanza de evitar las llagas. Mientras tanto, las amigas reencontradas aprovechan para ponerse al día y mirar, admirar o criticar los culos de las otras. Curiosamente, sus maridos hacen exactamente lo mismo. En el agua, los chic@s capean las olas y cada tanto son devueltos a la orilla (junto a algún que otro corpiño de bikini) por un mar poco hospitalario.

A la hora del almuerzo, las fichas de burako y dominó, son suplantadas por las empanadas, knishes o milanesas de La Miramar, la mejor rotisería con delivery de la zona. Para la merienda aparecen, como por arte de magia, el mate con las medialunas y otras facturas, y más galletitas para los chicos, quienes hace rato agotaron las reservas de los barquilleros y heladeros.
Recién a las 8 o 9 pm se levanta campamento. Hay que ir a bañarse, cenar frugalmente y salir a caminar por la peatonal 9 de Julio, donde los chicos y adolescentes quedaron en encontrarse con los amig@s, ya sea para jugar en los jueguitos electrónicos o para ir a bailar. Los papás hacen tiempo recorriendo la feria artesanal de la plaza, bancándose las vueltitas en karting de los más chiquitos y tomándose un cafecito con amigos en el Havanna de la esquina. Los más osados, se instalan en Mickey para matarse con los ya legendarios panqueques.
Miramar es la Ciudad de los Niños, pero también es la ciudad de muchas vivencias de mi niñez y la de much@s de mi generación. No por nada hoy volvemos nostálgicos con nuestros hijos. Quizás justamente porque el tiempo se detuvo allí.

Mientras miro las nuevas olas 
(Seru Giran)

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