Que las madres mentimos descaradamente cuando decimos que haríamos cualquier cosa por nuestros hijos es un hecho fácilmente comprobable.
Por más que leo y releo el contrato materno-filial, no encuentro ninguna cláusula que me obligue a asegurarme de que mi hija no se aburra en las vacaciones.
Estamos en Santiago en enero. Van pasando los días y, a medida que sus amigas van desapareciendo de la capital, mi dulce retoño pasa de ser una feliz vacacionista a una vil aprendiz de Freddy Krueger.
Mi nena adorada me devuelve mis sugerencias con un smash digno de Rafa Nadal. Todo le parece aburrido.
Lo más loco es que esta futura púber tiene acceso irrestricto a montones de alternativas, actividades, aparatos y juegos que podría utilizar de manera autosuficiente (o sea, sin romperme las quetejedi).
Sin embargo, cada vez que me dice que quiere estar conmigo, mi estrategia de negociación win-win deviene rápidamente en "Hija= game, set y match!".
Y eso porque (¡oh ingenua de mí!) me ilusiono y me autoconvenzo de que todavía es chica y me necesita... Todo va bien hasta que eventualmente descubro que imitar a Mrs. Ingalls no sirve de nada, que mi contención y apoyo emocional le importan un pucho y que, básicamente, mi niña bonita/mi dulce princesa requiere de mis servicios como chofer y cajero automático...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tus comentarios