26 de junio de 2014

El porvenir de la desilusión

Existe una idea, que circula entre algunas personas, que afirma que las parejas de hoy en día se separan por cualquier cosa, que se rinden ante el menor obstáculo, sin tolerar las frustraciones ni pelear por mantener la relación.

En mi experiencia, personal y profesional, me atrevería a decir que ninguna (o muy pocas) personas que han convivido por años, ya sea con o sin hijos, y que han entretejido proyectos en común, pasa por una separación sin haber atravesado antes, durante y/o después por un proceso doloroso, desgastante y, en muchos casos, traumático.

¿Quién puede salir indemne ante un tsunami de sentimientos y experiencias que amenazan con derribar la mayoría de los diques que hemos levantado en el tiempo para preservar nuestra integridad?. ¿Cómo evitar el temor al derrumbe de todo aquello que construimos con tanto esfuerzo? ¿Cómo renunciar sin desgarros al "nosotros"?.

Una separación remece los cimientos de nuestra identidad, en tanto nos enfrenta a preguntas, a cuestionamientos acerca de quién soy y quién quiero ser de aquí en adelante. Nos obliga a evaluar las decisiones que hemos tomado hasta ahora, a revisar nuestra historia, a enfocar la mirada hacia nuestro interior y a enfrentar verdades sepultadas bajo capas de negación. Semejante proceso no puede sino ser atemorizante, porque quién sabe si nos gustará lo que encontremos como resultado de esta excavación. Porque de seguro descubriremos agujeros y carencias, heridas profundas, dolores y resentimientos, odios estancados y frustraciones.

Sin embargo, en medio de la crisis, también podríamos desenterrar recursos internos que hasta ahora habían pasado desapercibidos, potenciales inexplorados, habilidades latentes a la espera de ser desarrolladas, deseos no reconocidos y nuevas aperturas para dar y recibir amor. 

Y pienso que esto último es posible cuando logramos re-contratar con la vida; cuando aceptamos aquello que perdimos sin resignación sino con coraje y determinación; enfrentando los temores generados por la incertidumbre acerca de lo que vendrá, pero haciéndonos cargo de nuestras decisiones y sus posibles consecuencias. En suma, aprendiendo a elegir desde los recursos y no desde las carencias.

Estoy convencida de que el peor escenario luego de una separación es aquel que deja a los involucrados estancados en una eterna lucha, que no les permite superar odios ni rencores y que los destruye y empobrece, no sólo a ellos, sino también a los hijos cuando los hay.

Y, por el contrario, creo que la mejor resolución de éste y otros duelos, es la que nos permite avanzar, ya no desde el canto de sirenas de la ilusión sino desde la esperanza verdadera que decanta en una profunda transformación de nosotros mismos.