27 de octubre de 2016

Aprendiz de Bestia

Ayer fui feliz.
Ayer conocí en persona a la escritora española Milena Busquets, en el marco del ciclo "La Ciudad y Las Palabras", organizado por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica.
Milena se parece a Uma Thurman, pero con pecas. Es una mujer en sus cuarenta que proviene de la elite literaria española, que no para de leer y que ha publicado ya dos novelas. La última se llama "También esto pasará" y es una historia que surge a partir de la muerte de su madre.
Milena es directa y sin pretensiones, su mente funciona con la rapidez de un rayo y eso se nota en su escritura.
Apiñados en una salita, mis compañeros del taller de escritura de Carla Guelfenfein y yo, nos fuimos enamorando de ella, a medida que iba soltando frases como "los escritores somos unas bestias... hay que ser medio antisocial para decir las cosas que decimos". O, como cuando alguien le dijo que su libro había sido el mejor que había leído este año y ella, sin pestañear, le contestó "pues entonces estás leyendo poco" y arrancó risas del auditorio. 
Milena declara que no le viene esto de ser adulta, que sale a la calle y todo le da gracia. Prefiere mil veces la ligereza a la pesadez. 
Tal vez, en un mundo paralelo, seríamos grandes amigas y juntas encontraríamos lo divertido en los lugares más insólitos y en los más comunes. 
Qué lindo sería ser una bestia literaria de verdad, como ella, y tener los cojones para escribir desde lo más íntimo sin que te importen las consecuencias.
Por ahora a mí, con suerte y viento a favor, apenas me da para aprendiz de bestia. 


14 de noviembre de 2014

Elephant Polo en Sri Lanka


I
Cada prenda perfectamente doblada se acomodaba y encajaba con las otras como en un rompecabezas. Empacar era un arte que Adrián había ido perfeccionando en los últimos tres años de viajes mensuales a Buenos Aires. Como de costumbre, la maleta había quedado abierta desde la noche anterior, a la espera de sus pasajeros de último minuto: las pantuflas y el cepillo de dientes.
Aquella madrugada de abril, Adrián puso especial cuidado en hacer el menor ruido posible para no despertar a su esposa. Entre bostezos, entró al baño y se duchó. El último chorro de agua fría activó su circulación dotándolo de un vigor inusitado. A medida que el vaho se diluía, el espejo develaba el rostro de un cuarentón de ojos verdes, mandíbula cuadrada y nariz levemente torcida hacia la derecha. Deslizó los dedos por su frondosa melena castaña peinándola hacia atrás y constató con alivio que aún no tenía canas. 
 Salió del baño y entró al vestidor. Dio una rápida inspección y sonrió satisfecho: los trajes colgados por colores, las camisas de trabajo separadas de las de salir, los zapatos lustrados y en fila. Una banqueta de cuero y un espejo de cuerpo entero completaban el cuadro del único lugar de la casa que sentía como verdaderamente suyo. Tal vez porque en aquel espacio de estantes y cajoneras de madera opaca se respiraba un olor masculino que, en una casa de puras mujeres, sólo podía pertenecerle a él.
Se vistió sigilosamente y, justo cuando se estaba poniendo el saco, lo sobresaltó el zumbido de su celular avisándole de la llegada del taxi. 
Una vez más, repasó mentalmente la lista del equipaje de mano: tarjeta de embarque, documentos, notebook, presentación para el Directorio, carta de renuncia.
Besó mecánicamente la mejilla dormida de María Paz, cerró su valija, se echó al hombro el maletín y abandonó aquella habitación con el alivio de quien por fin ha tomado una decisión.

II
Adrián se instaló en un rincón del salón VIP del aeropuerto de Santiago munido de una taza de café, una medialuna y el diario del día. Lo hojeó sin mucho interés y, al poco rato, lo depositó en la mesita lateral justo en el momento en que un hombre se le acercaba sonriendo.
-¿Te puedo robar el diario?- dijo el desconocido con acento argentino y, sin esperar la respuesta, se apoderó del periódico y se sentó en el sillón de enfrente mientras Adrián todavía asentía tardíamente.
Alguien anunció el retraso del vuelo a Buenos Aires. El desconocido golpeó el diario sobre sus rodillas, lo miró con vehemencia y le dijo: -¡Ya es la segunda vez que me pasa!. ¡Estos hijos de puta me tienen re podrido!. ¿Vos también vas en ese vuelo?.
-Sí- respondió Adrián, turbado ante la intensidad del argentino. Parece que vamos a necesitar más café- agregó mientras se levantaba del sillón, embargado por una repentina necesidad de tomar distancia de aquel hombre. ¿Por qué había dicho “vamos”?, se preguntó y sintió un ardor en sus mejillas.
-Yo voy- respondió el otro y se encaminó resueltamente hacia la barra. 
Volvió a sentarse y se dedicó a observarlo mientras se alejaba. Debía tener unos 35 años, era esbelto, más alto que Adrián y más atlético. Llevaba el pelo enmarañado, largo hasta poco más arriba de los hombros y se movía con la gracia de quien se siente cómodo en su propia piel. Vestía una remera celeste y blanca tipo polo que dejaba entrever un torso musculoso, un par de jeans que le calzaban a la perfección y zapatillas Armani. 
Mientras el argentino volvía con dos tazas humeantes en las manos, Adrián estudió su rostro curtido por el sol. Supuso que debía ser descendiente de italianos por sus ojos negros, la nariz recta, tez oliva y labios gruesos. 
-Dicen que el vuelo va a salir dentro de una hora- comentó el extraño con el ceño fruncido.-Me llamo Marcelo- sonrió, al tiempo que le ofrecía una taza como si el enojo se hubiera disipado junto con el humo del café.
-Adrián- respondió él, tomando la taza entre sus manos como si fuera radioactiva. Por alguna razón sus sentidos parecían haber entrado en estado de alerta.
-Tengo un amigo que trabajó en tu empresa- declaró Marcelo con una sonrisa enigmática.
-¿Cómo sabes en dónde trabajo?- preguntó alarmado.
-No te asustes- rió mostrando sus dientes perfectos. -No soy adivino. Vi el logo en tu maletín. Mi amigo se llama Joaquín Estévez, lo conocés? 
-Ah, verdad. No lo conozco. Y tú, ¿a qué te dedicas?- preguntó Adrián, procurando demostrar menos alivio del que sentía.
-Soy jugador de polo. De hecho, acabamos de arrasar con tus compatriotas. No quedaron muy contentos en realidad- sonrió con picardía. 
Y sin más, se lanzó como al galope a contarle que era soltero, que viajaba mucho y que vivía en el exclusivo barrio de San Isidro. Continuó con una seguidilla de anécdotas que Adrián escuchaba encandilado y en silencio, cada vez más convencido de que su vida pedestre de ejecutivo nada tendría de interesante para aquel personaje. 
-...¡y no sabés las caras de los gallegos cuando mi elefante se puso como loco y se les tiró encima del bus! El entrenador gritaba: cogedlo, coño, cogedlo!. Yo ya me veía debajo de las patas del bicho que, entre paréntesis, aplastó mi taco. ¡Creí que me mataba! No me preguntes cómo hicieron para pararlo...Y el tema es que los del equipo español armaron tal quilombo que, a partir de ese momento, prohibieron el Elephant Polo en Sri Lanka- concluía el porteño mientras ambos de desternillaban de la risa. 
Una vez en el avión, Adrián observó impresionado cómo con tan sólo unas pocas palabras susurradas al oído, una sonrisa y un guiño, Marcelo lograba que el jefe de cabina los sentara juntos en un avión que iba lleno. 


III
Salieron de aquel teatro del underground porteño a las 11.30 de la noche. Adrián, que jamás había visto una obra que le pareciera más extraña, ni siquiera tenía claro si le había gustado o la había detestado. Para él, la única realidad indiscutible de aquella noche había sido la feroz erección que se le instaló desde el momento en que, a mitad del show, Marcelo le susurró algo al oído. Adrián volvió su rostro hacia él para preguntarle qué le había dicho y Marcelo, sin darle tiempo a reaccionar, tomó su cara entre sus manos y lo besó.
Comenzó a mirar a diestra y siniestra, aterrorizado de que alguien los hubiera visto, pero todas las cabezas apuntaban hacia el escenario. Marcelo había elegido la última fila y ahora Adrián entendía por qué. Por momentos, lo invadían oleadas de sudor, le parecía que moriría, que no resistiría la intensidad de aquella corriente de sensaciones. No podía pensar ni podía dejar de pensar. Creyó que se volvería loco, que se desmayaría, que su corazón se pararía ahí mismo. Entre tanto, la mano de Marcelo ya se había hecho cargo de su erección y no dejaba de acariciarlo cada vez con más vehemencia, al tiempo en que su lengua seguía entrelazándose con la suya. Cuando Adrián acabó, Marcelo le tomó la mano y lo hizo bajarle el cierre de sus jeans. Adrián obedeció como si hubiera estado en trance y comenzó a hacer lo que se esperaba de él. 
Minutos más tarde, Adrián lo miró totalmente desconcertado. Marcelo exclamó ¿qué me mirás así?, me pareció que necesitabas una mano- y, luego de soltar una risotada, le estampó un sonoro beso en la mejilla y le pasó un pañuelito de papel que sacó de quién sabe dónde. Adrián tomó el tissue y se precipitó hacia el baño justo en el momento en que las luces volvían a encenderse. Se encerró en uno de los cubículos, agradeciendo que el lugar estuviera vacío, y comenzó a limpiarse como si en ello se jugara la vida. Se lavó vigorosamente las manos con jabón, se secó y fue en busca de Marcelo. Luego de unos minutos de espera infructuosa, de buscarlo inútilmente con la mirada en ese hall penumbroso que se iba vaciando, salió a la calle, caminó con paso cansino hacia la avenida más cercana, paró un taxi, se desplomó en el asiento trasero y, acto seguido, escondió la cabeza entre sus manos, cubriendo sus orejas como si quisiera acallar las voces que clamaban que todo estaba perdido. 
Pasó el último día en Buenos Aires de reunión en reunión y volvió a Santiago a la medianoche.

IV
A la mañana siguiente, parapetado tras El Mercurio, tomó la taza de café que María Paz le ofrecía sin poder mirarla a la cara. Apenas si logró aventurar un tímido gracias cuando ella depositó ante él un plato con una marraqueta tostada rebosante de su mermelada favorita.  
La espió mientras preparaba las colaciones de las niñas, enfundada en su bata de seda, diligente como siempre, eficiente en cada movimiento. Nunca dejaba que la empleada preparara el desayuno. Su melena rubia de pelo lacio le llegaba hasta poco más abajo del cuello. Era más baja que Adrián, tenía un cuerpo esbelto -tal vez algo menos firme ahora en sus cuarenta que cuando la conoció- pero aún así, su físico hacía justicia a las horas de sudor en el gimnasio y las mañanas de running con sus amigas. 
Sus rasgos eran delicados, la cara ovalada, los ojos negros almendrados que le daban un toque exótico, la nariz recta terminada en punta, producto de una cirugía estética cuando tenía apenas 18 años. Había algo lacónico en su mirada, una especie de tristeza profunda que parecía arrastrar aún cuando sus labios se curvaban en una sonrisa que rara vez alcanzaba a llegar a los ojos. Todavía le parecía bonita. Sólo bonita, con la tibieza que aquel adjetivo era capaz de evocar. 
-¿A qué hora llegaste anoche?- preguntó ella, mientras se sentaba frente a él, en su asiento de siempre, con su café y su infaltable tazón de yoghurt light con cereal. 
-Tarde. Para variar, el vuelo se atrasó.
-Sí, me pareció sentirte llegar pero creí que estaba soñando. ¿Cómo te fue?.
-Bien. Mucho trabajo, como siempre- contestó él y salió de allí, argumentando que estaba apurado.
Pasó la mayor parte del tiempo encerrado en su oficina. Evitó el contacto con la gente de su equipo al punto en que, a la hora del almuerzo, le encargó un sandwich a su secretaria y lo comió a solas en su escritorio. 
Intentó concentrarse en su trabajo, pero su mente nadaba entre la realidad y la fantasía como un delfín que, predestinado por su naturaleza a vivir entre el agua y el aire, es incapaz de permanecer demasiado en un mundo o en el otro. El día transcurrió entre planillas de cálculo, viajes imaginarios a Sri Lanka y el recuerdo del perfume de Marcelo.  Polo Blue Sport. 
Adrián esperó hasta que las oficinas quedaran vacías y envió un whatsapp a su esposa avisándole que llegaría tarde. Cerró su puerta con llave, bajó las cortinas y pasó el siguiente par de horas navegando por internet. Luego de una minuciosa búsqueda, anotó unos datos en su celular, camuflándolos bajo nombres falsos. Intentó llamar al primer número pero apenas escuchó el tono de marcado, entró en pánico y cortó. 
Le tomó dos semanas reunir el coraje para realizar la llamada. 

V
Con un ojo entreabierto y el otro cerrado, Adrián estiró el brazo hacia la mesita de luz y apagó la alarma del celular. Se sentía agotado, le pesaban los ojos y tenía dolor de cabeza. Giró sobre sí mismo y, tendido boca abajo, hundió la cabeza en la almohada. 
Supo en dónde estaba y qué había sucedido la noche anterior apenas percibió el perfume. Polo Sport mezclado con olor a alcohol sólo podía significar una cosa. Una vez más, la agencia había cumplido con todos sus requerimientos. 
Se levantó y entró a la ducha con paso tambaleante. El último chorro de agua fría logró despabilarlo por completo. A través del vaho en el espejo se le apareció un cuarentón de mandíbula cuadrada, nariz levemente torcida hacia la derecha, ojos verdes cercados por arrugas y ojeras pronunciadas. 
Se vistió, tomó su computadora y bajó a tomar el desayuno. Salió del hotel y caminó un par de cuadras por Puerto Madero hasta llegar al edificio vidriado en el que pasaría el último día de su estadía en Buenos Aires. Trabajaría como siempre, sabiendo que volvería al mes siguiente, y al otro y al otro, y que en cada viaje buscaría lo mismo que en el anterior. Sabiendo que su vida podía resumirse en unas pocas palabras: Santiago, Sri Lanka y Buenos Aires. Elefantes y delfines. 
Antes de entrar, tomó su celular y marcó uno de los números camuflados. Una voz que, a esta altura ya le resultaba familiar, respondió: Male Escorts Argentina, buenos días, en qué le puedo ayudar?


Gisela Fischman
Santiago de Chile, Octubre de 2014


26 de junio de 2014

El porvenir de la desilusión

Existe una idea, que circula entre algunas personas, que afirma que las parejas de hoy en día se separan por cualquier cosa, que se rinden ante el menor obstáculo, sin tolerar las frustraciones ni pelear por mantener la relación.

En mi experiencia, personal y profesional, me atrevería a decir que ninguna (o muy pocas) personas que han convivido por años, ya sea con o sin hijos, y que han entretejido proyectos en común, pasa por una separación sin haber atravesado antes, durante y/o después por un proceso doloroso, desgastante y, en muchos casos, traumático.

¿Quién puede salir indemne ante un tsunami de sentimientos y experiencias que amenazan con derribar la mayoría de los diques que hemos levantado en el tiempo para preservar nuestra integridad?. ¿Cómo evitar el temor al derrumbe de todo aquello que construimos con tanto esfuerzo? ¿Cómo renunciar sin desgarros al "nosotros"?.

Una separación remece los cimientos de nuestra identidad, en tanto nos enfrenta a preguntas, a cuestionamientos acerca de quién soy y quién quiero ser de aquí en adelante. Nos obliga a evaluar las decisiones que hemos tomado hasta ahora, a revisar nuestra historia, a enfocar la mirada hacia nuestro interior y a enfrentar verdades sepultadas bajo capas de negación. Semejante proceso no puede sino ser atemorizante, porque quién sabe si nos gustará lo que encontremos como resultado de esta excavación. Porque de seguro descubriremos agujeros y carencias, heridas profundas, dolores y resentimientos, odios estancados y frustraciones.

Sin embargo, en medio de la crisis, también podríamos desenterrar recursos internos que hasta ahora habían pasado desapercibidos, potenciales inexplorados, habilidades latentes a la espera de ser desarrolladas, deseos no reconocidos y nuevas aperturas para dar y recibir amor. 

Y pienso que esto último es posible cuando logramos re-contratar con la vida; cuando aceptamos aquello que perdimos sin resignación sino con coraje y determinación; enfrentando los temores generados por la incertidumbre acerca de lo que vendrá, pero haciéndonos cargo de nuestras decisiones y sus posibles consecuencias. En suma, aprendiendo a elegir desde los recursos y no desde las carencias.

Estoy convencida de que el peor escenario luego de una separación es aquel que deja a los involucrados estancados en una eterna lucha, que no les permite superar odios ni rencores y que los destruye y empobrece, no sólo a ellos, sino también a los hijos cuando los hay.

Y, por el contrario, creo que la mejor resolución de éste y otros duelos, es la que nos permite avanzar, ya no desde el canto de sirenas de la ilusión sino desde la esperanza verdadera que decanta en una profunda transformación de nosotros mismos.  

1 de marzo de 2014

Iortzait (Un año ya)

Si sólo pudiera, hoy volaría hacia las Colinas del Tiempo para verte. 
Aunque, si pudiera, sé que no te vería más nítidamente que como te veo -en mis sueños- todos los días, desde tu partida.
Descansá en paz, querida mamá.

22 de octubre de 2013

Estóica...gada.

Alguien me dijo hace poco -con la expresión de quien espera que le cuelguen una medalla- que tendría que estar muriéndose para ir al médico. 

Más allá de pensar que, una vez llegado a ese punto, sería mucho más práctico llamar a un sacerdote (o un rabino en mi caso), me puse a divagar sobre el mal llamado estoicismo. Y mi conclusión científica es que hay gente a la que le gusta sufrir al pedo. 

Y sí. Aunque parezca mentira, hay quienes creen que bancarse el dolor es una virtud. Son esos que no se enteraron de la invención de la anestesia y que prefieren morder el palo de madera. 

Esa fue mi primera idea.
Sin embargo, la psicóloga que hay en mí, que siempre intenta ver un poco más allá, me llevó a pensar que el estoicismo no es más que una forma encubierta de maltrato. 

Para mí, el maltrato no pasa solamente por los golpes o las descalificaciones. Pasa también por la dejadez y por el abandono. Pasa por esperar un año para hacerte una mamografía sabiendo que tenés antecedentes familiares o para revisarte la próstata teniendo más de 50. Pasa por ni siquiera registrar que tenés 7 úlceras gástricas hasta que terminás internado o por seguir engordando hasta llegar a la diabetes. Y también pasa por permanecer en una relación tóxica hasta que el daño es irreparable.

Ahora bien, sin llegar a esos extremos, somos muchos los que esperamos hasta que el cuerpo, la mente o la familia digan basta. Y creo que, en parte, eso se debe a una fuerte alienación respecto de nosotros mismos. 

Tengo la sensación de que, a veces, es como si no habitáramos nuestro cuerpo ni nuestra mente. Y por ende, los tratáramos como a entes extraños, ajenos a nosotros. Como si fueran un recurso natural que se pudiera manipular o explotar sin riesgo de que se agote. 

Me pregunto por qué nos costará tanto cuidarnos. Quizás sea porque para cuidar algo hay que valorarlo y quererlo; y para querernos, es necesario creer que fuimos queridos. Que somos queribles. 

Tal vez en nuestra historia hayamos sido maltratados, descalificados o desatendidos por quienes se suponía que debían hacerse cargo de nosotros. Y entonces, probablemente nos hayamos parapetado tras la idea de que siempre tuvimos que salir adelante solos, y ahora hacemos de ella un estandarte de nuestra autoestima, y lo enarbolamos en el mástil del falso orgullo, negándonos a aceptar que necesitamos de un otro. O, al revés, nos dejamos estar para "forzar" (inconscientemente) a los demás a actuar como los padres protectores que sentimos que no tuvimos, y así seguimos en una postura infantil, quizás para comprobar si, finalmente, habrá alguien que nos quiera lo suficiente como para hacerse cargo de nosotros.

Sin embargo, aunque para muchos parezca paradójico, pedir apoyo, es también una forma de autocuidado. La psicoterapia o la medicina son algunas de las alternativas posibles pero, más allá de lo que se elija, lo importante es no prolongar ni agravar un sufrimiento que, en innumerables ocasiones, podría ser perfectamente evitable.

¿No es curioso que algunas personas no duden en llevar su auto al mecánico apenas escuchan un ruidito sospechoso, y sin embargo, cuando se trata de sí mismas, son capaces de esperar hasta que se les funda el motor?. 

En fin, evidentemente, cada uno interpreta lo del "auto-cuidado" como puede...


12 de septiembre de 2013

Perdonar es Humano

La cosa es así: primero viene el Año Nuevo Judío (Rosh Hashaná) -en este caso estamos en 5774- que es una ocasión de alegría y regocijo celebrados por supuesto al estilo tradicional. O sea, comiendo a morir.
Pero, como en esta vida todo se paga, luego de los atracones vienen los "días terribles" para, finalmente, llegar al Día del Perdón (Iom Kipur), durante el cual se ayuna para luego volver a comer a reventar.

Son diez días que la religión judía destina a la reflexión y el balance; a hacer una limpieza interna que nos permita comenzar el nuevo año renovados y, hasta cierto punto, libres de culpas. Lo cual no es menor, si consideramos que la culpa suele ser paralizante y- hay que decirlo- probablemente haya sido un invento de mi pueblo.

Tengo la impresión de que lo terrible de aquellos diez días es reconocer que, como humanos, tenemos la capacidad para hacer daño y que, consciente o inconscientemente, muchas veces la usamos.

Considero que este reconocimiento provoca un cimbronazo a nuestro ego, porque uno de los pilares de nuestra autoestima es la creencia en que, esencialmente, somos buenas personas.
Entonces, sucede que a veces, para mantener esa imagen de bondad, nos resulta menos doloroso culpar a los demás, ponernos a la defensiva o creer que sólo nosotros hemos sido perjudicados. 

Creo que admitir los errores requiere de una actitud humilde y de bancarnos las heridas al ego, que quien sabe sean producto del efecto boomerang de las que infligimos a los demás. Pienso que, bajar la omnipotencia y el falso orgullo, nos hace más realistas y aceptadores de nuestros límites. Y eso, en definitiva, es lo que llamamos madurar. Pero ¡qué difícil que es!.

Una vez asumida la responsabilidad, pareciera que el siguiente paso debiera ser pedir perdón. Y aquí encontramos otro obstáculo, porque una cosa es reconocer para nuestros adentros que nos mandamos una cagada y otra es admitirlo delante del otro y otorgarle el poder de rechazarnos o aceptarnos.

Sin embargo, me parece que existen más posibilidades de recibir el perdón si antes de pedirlo realizamos lo que el judaísmo llama "buenas acciones", que a mi juicio, son básicamente acciones concretas (no intenciones) que de alguna manera puedan reparar el daño y ayuden a cerrar las heridas. 

Entre paréntesis, quiero decir también que creo que hay cosas que, al menos, yo no puedo perdonar, como por ejemplo, el Holocausto o cualquier otra masacre y, a menor escala pero no menor importancia, el abuso sexual infantil. 

Volviendo a lo anterior, me parece que la culpa original (no me gusta el concepto de pecado) tiene que ver con las relaciones más tempranas con nuestros padres. Porque generalmente al principio los amamos sin reservas y luego los criticamos sin miramientos y los culpamos de todas nuestras desgracias. 

Algunas personas se quedan ahí, paralizadas en esa etapa, eternamente adolescentes en una lucha rabiosa y de resentimiento que no les permite separarse de sus padres ni crecer. 
Otros logramos -y me incluyo porque creo que me lo gané después de tanta terapia y esfuerzo- entender que nuestros padres hicieron lo que pudieron y eso nos lleva a perdonarlos, a pedirles perdón y a hacernos cargo del proceso de reconstruirnos. 

Tengo que decir que este proceso requiere de reflexión pero también de muchas acciones concretas y efectivas. Porque al parecer, a los humanos comunes y corrientes como yo, nos lleva toda la vida recibirnos de adultos. 
Y, ciertamente, espero que valga la pena el esfuerzo o si no, tendré que pedir reembolso.

Jatimá tová para todos!
Feliz Año y que sean inscritos en el Libro de la Vida!



2 de agosto de 2013

De alergias y otras intolerancias

Hace poco descubrí que soy alérgica a la clara de huevo y al pollo, entre otros alimentos. La verdad, de haber podido elegir, hubiera preferido ser alérgica al chocolate. O a los hidratos de carbono. "Querés un alfajor Havanna?. No gracias, no puedo, soy alérgica. Wow, qué suerte que tenés. Con razón sos tan flaca..." 

Dicen los que saben, que la alergia es una reacción anormal, inadaptada y exagerada del sistema inmunológico ante sustancias que comúnmente son bien toleradas. Es decir que, por alguna razón, en un momento determinado de la vida, algo que antes resultaba inocuo, pasa a ser declarado como enemigo por nuestro sistema defensivo. Existen distintos tipos de alergenos, o sustancias que provocan rechazos, a saber: alimentos, picaduras de insectos, polen, metales, animales, etc.
Asimismo, la intensidad de las reacciones puede ir desde una simple irritación cutánea hasta un shock anafiláctico y la muerte. Así de heavy.
Si bien existen algunos remedios, la "cura" para las alergias suele ser más que nada la evitación del contacto con el agente alergénico. 

Como psicóloga, tiendo a pensar que una alergia también podría ser entendida como una señal -sólo que expresada a nivel del cuerpo- de que hay algo que  estamos rechazando, es decir, que quizás estamos expuestos a situaciones que no podemos asimilar ni incorporar. En ese sentido, tal vez no estaría mal darle una vuelta al tema y ver qué nos puede estar generando reacciones de intolerancia, a qué estamos más sensibles y a qué cosas sería mejor no exponernos. 

En las relaciones humanas muchas veces ocurre que aquello que antes tolerábamos -o incluso nos gustaba- del otro, comienza a molestarnos, a hacer ruido. A veces, la irritación es breve y pasajera. Otras, sigue aumentando hasta tornarse insoportable. Y entonces, generamos anticuerpos, es decir, comenzamos a defendernos. O a atacar.

Quisiera aclarar aquí que no necesariamente estoy diciendo que lo que nos hace mal es la otra persona, sino que en la mayoría de los casos, lo nocivo pasa a ser el vínculo entre amb@s que, de alguna manera, se ha ido deteriorando.

Cuando esto último sucede, una de las opciones (por supuesto, existen otras) es el alejamiento. O sea, evitar la cercanía con el "alergeno" relacional. Y esto no deja de ser penoso porque implica una renuncia.

Para terminar, una pequeña confesión: soy alérgica al matrimonio.