2 de agosto de 2013

De alergias y otras intolerancias

Hace poco descubrí que soy alérgica a la clara de huevo y al pollo, entre otros alimentos. La verdad, de haber podido elegir, hubiera preferido ser alérgica al chocolate. O a los hidratos de carbono. "Querés un alfajor Havanna?. No gracias, no puedo, soy alérgica. Wow, qué suerte que tenés. Con razón sos tan flaca..." 

Dicen los que saben, que la alergia es una reacción anormal, inadaptada y exagerada del sistema inmunológico ante sustancias que comúnmente son bien toleradas. Es decir que, por alguna razón, en un momento determinado de la vida, algo que antes resultaba inocuo, pasa a ser declarado como enemigo por nuestro sistema defensivo. Existen distintos tipos de alergenos, o sustancias que provocan rechazos, a saber: alimentos, picaduras de insectos, polen, metales, animales, etc.
Asimismo, la intensidad de las reacciones puede ir desde una simple irritación cutánea hasta un shock anafiláctico y la muerte. Así de heavy.
Si bien existen algunos remedios, la "cura" para las alergias suele ser más que nada la evitación del contacto con el agente alergénico. 

Como psicóloga, tiendo a pensar que una alergia también podría ser entendida como una señal -sólo que expresada a nivel del cuerpo- de que hay algo que  estamos rechazando, es decir, que quizás estamos expuestos a situaciones que no podemos asimilar ni incorporar. En ese sentido, tal vez no estaría mal darle una vuelta al tema y ver qué nos puede estar generando reacciones de intolerancia, a qué estamos más sensibles y a qué cosas sería mejor no exponernos. 

En las relaciones humanas muchas veces ocurre que aquello que antes tolerábamos -o incluso nos gustaba- del otro, comienza a molestarnos, a hacer ruido. A veces, la irritación es breve y pasajera. Otras, sigue aumentando hasta tornarse insoportable. Y entonces, generamos anticuerpos, es decir, comenzamos a defendernos. O a atacar.

Quisiera aclarar aquí que no necesariamente estoy diciendo que lo que nos hace mal es la otra persona, sino que en la mayoría de los casos, lo nocivo pasa a ser el vínculo entre amb@s que, de alguna manera, se ha ido deteriorando.

Cuando esto último sucede, una de las opciones (por supuesto, existen otras) es el alejamiento. O sea, evitar la cercanía con el "alergeno" relacional. Y esto no deja de ser penoso porque implica una renuncia.

Para terminar, una pequeña confesión: soy alérgica al matrimonio.



  


3 comentarios:

  1. Gisela, estoy de acuerdo contigo, de hecho creo que lamentandolo mucho aveces hay alergias que son pasajeras pero otras se vuelven cronicas por opcion!

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  2. Gi, nunca más clara y acertada.
    Lamentablemente con el alejamiento de la persona que nos hace mal no desaparece por completo la alergia, y la sensibilidad adquirida queda latente. Por eso comenzamos a hacer "reacciones alérgicas" frente a otras personas también, con características similares a la primera o que tienen la capacidad de dispararnos las mismas emociones internas...
    Una macana, porque ya estamos sensibilizados, y la verdad creo que no hay forma de borrar esa "sensibilidad adquirida" :(

    Te mando un besote enorme y seguí escribiendo!

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