Martes 28 de Diciembre de 1993. Día de los Inocentes...
Me subí al Ladeco que iba de EZE a SCL y me senté junto a un joven papá chileno, que venía de Australia con su beba de 4 meses a visitar a su familia. Contra todos los pronósticos, la única que lloró durante las 2 horas 15 que duró el vuelo fui yo. Miraba con envidia regresiva a la chiquitina suertuda que tenía un papá que, cancherísimo, le daba la mamadera y le cambiaba los pañales sin inmutarse.
Yo recién había dejado al mío, saludándome con el corazón apretado mientras me veía desaparecer por la escalera mecánica que llevaba a Migraciones.
No era que estuviera quemando naves, pero en ese momento lo sentía así.
Había entregado mi departamento alquilado - 3 ambientes contrafrente/pulmóndemanzana/balcón francés en El Cano y Conde - en donde entre muchas otras cosas - aprendí a ahuyentar a los machos desubicados que creían ver un cartel de Mujer Soltera Busca en la puerta de mi depto apenas se enteraban que vivía sola.
Había dejado - además de mi familia - a mis amigas del alma, esas hermanas del corazón que una va adoptando durante la vida, al mejor estilo Brangelina. (Estoy casi segura que el día de mi partida sintieron que las abandoné, pero - si no se los dije antes, se los digo ahora - yo me las llevé adentro y nunca más pienso dejarlas ir).
Confieso que acostumbrarme a la vida en Chile me costó más de lo que hubiera esperado, pero eventualmente hice mis duelos, dejé de enfocarme sólo en lo que creía haber perdido, acepté que mi corazón siempre iba a estar dividido entre Santiago y Buenos Aires, y aprendí a amar mi vida aquí.
Martes 28 de Diciembre de 1993. Día de la Inmigrante...
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