16 de septiembre de 2012

1 de Tishrei de 5773

Querid@s amig@s:

Les deseo que este año que empieza les traiga felicidad, aprendizaje y cambio. 

Shaná Tová!!!
Feliz Año Nuevo Judío !!!
 

10 de septiembre de 2012

Pasajera en Trance


Amig@s, aquí les presento una nueva sección del blog, que estará dedicada a unos cuentos cortos que se me anduvieron ocurriendo por ahí. Enjoy.



Querida Serena:

Me pediste que te contara todo desde el principio y por eso te escribo esta carta que será la primera de muchas. Sé cuánto la extrañás y entiendo que en este momento de tu vida quieras saber más acerca de ella. Estoy segura que estos relatos me van a ayudar también a mí a extrañarla menos.

Julia me contó que no había dormido nada. Eran las cuatro de la mañana y sus ojos parecían el dos de oro de la baraja española, y todo por culpa de su mente hiperkinética, “la loca de arriba”, como la llamaba ella, que no paraba de bombardearla. A decir verdad, hacía un par de meses que su cuerpo también se había complotado para no dejarla dormir y, a esas alturas, ya no encontraba posición que le acomodara. Apenas amaneció, aceptó que ya no descansaría y se levantó, se bañó y se vistió. Revisó la lista una y mil veces, cotejándola con los contenidos del bolso. Entraba y salía del cuarto de al lado, cambiando las cosas de lugar y verificando que todo estuviera en orden. A veces la veía sonreír y otras parecía distante y melancólica.

Te imaginarás que intenté calmarla pero sin mucho éxito. Así que no te digo cómo respiré aliviada cuando llegó su masajista. Julia siempre decía que Manam era el único Hombre/Ravotril que ella conocía, y efectivamente, una hora después, se la veía más relajada. Tanto que por primera vez me dejó ir al volante sin volverme loca con sus indicaciones.

Julia sabía que ese viernes simplemente tendría que dejarse llevar. Así que, mientras iba semi-recostada en el asiento del copiloto, miraba por la ventanilla anticipando el itinerario que, después de tantos meses, ya conocía de memoria.
  
Al llegar, se bajó del auto y caminó lentamente hacia la entrada, pesada, con los pies hinchados y con su andar de pato. Llevaba el bolso estampado con tortuguitas que pronto se convertiría en apéndice de su brazo izquierdo. Esperó mientras yo hacía los trámites de admisión y al rato entramos a la habitación que le habían asignado, se desvistió, se puso la batita celeste (me acuerdo que siempre decía que era una bata diseñada para exhibicionistas), la gorrita de tela y los cubrepiés.

Justo cuando noté que se estaba poniendo más ansiosa, apareció Alejandro, su obstetra abnegado, y le dijo que se relajara, que él ya estaba listo para hacerle la cirugía que ella había esperado tanto: aquella que la transformaría en tu mamá.

Te adora,
Tu tía Amanda