Amig@s, aquí les presento una nueva sección del blog, que estará dedicada a unos cuentos cortos que se me anduvieron ocurriendo por ahí. Enjoy.
Querida
Serena:
Me
pediste que te contara todo desde el principio y por eso te escribo esta carta
que será la primera de muchas. Sé cuánto la extrañás y entiendo que en este
momento de tu vida quieras saber más acerca de ella. Estoy segura que estos
relatos me van a ayudar también a mí a extrañarla menos.
Julia
me contó que no había dormido nada. Eran las cuatro de la mañana y sus ojos
parecían el dos de oro de la baraja
española, y todo por culpa de su mente hiperkinética, “la loca de arriba”, como
la llamaba ella, que no paraba de bombardearla. A decir verdad, hacía un par de
meses que su cuerpo también se había complotado para no dejarla dormir y, a
esas alturas, ya no encontraba posición que le acomodara. Apenas amaneció, aceptó
que ya no descansaría y se levantó, se bañó y se vistió. Revisó la lista una y
mil veces, cotejándola con los contenidos del bolso. Entraba y salía del cuarto
de al lado, cambiando las cosas de lugar y verificando que todo estuviera en
orden. A veces la veía sonreír y otras parecía distante y melancólica.
Te
imaginarás que intenté calmarla pero sin mucho éxito. Así que no te digo cómo
respiré aliviada cuando llegó su masajista. Julia siempre decía que Manam era
el único Hombre/Ravotril que ella conocía, y efectivamente, una hora después,
se la veía más relajada. Tanto que por primera vez me dejó ir al volante sin
volverme loca con sus indicaciones.
Julia
sabía que ese viernes simplemente tendría que dejarse llevar. Así que, mientras
iba semi-recostada en el asiento del copiloto, miraba por la ventanilla
anticipando el itinerario que, después de tantos meses, ya conocía de memoria.
Al
llegar, se bajó del auto y caminó lentamente hacia la entrada, pesada, con los
pies hinchados y con su andar de pato. Llevaba el bolso estampado con tortuguitas que
pronto se convertiría en apéndice de su brazo izquierdo. Esperó mientras yo
hacía los trámites de admisión y al rato entramos a la habitación que le habían
asignado, se desvistió, se puso la batita celeste (me acuerdo que siempre decía
que era una bata diseñada para exhibicionistas), la gorrita de tela y los
cubrepiés.
Justo
cuando noté que se estaba poniendo más ansiosa, apareció Alejandro, su obstetra
abnegado, y le dijo que se relajara, que él ya estaba listo para hacerle la cirugía
que ella había esperado tanto: aquella que la transformaría en tu mamá.
Te
adora,
Tu
tía Amanda
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