Mi pregunta, aunque parezca de perogrullo, es por qué. ¿Por qué servir y deglutir excesivas cantidades de comida en ciertos días del año?
Si no me equivoco, casi todas las culturas tienen como costumbre celebrar acontecimientos especiales comiendo. Es el caso de los cumpleaños, bautismos, circuncisiones, aniversarios, y tantos más.
Es sabido que, en los bípedos como nosotros, la alimentación va mucho más allá de una necesidad biológica de supervivencia, porque se enlaza desde el principio de la vida con los vínculos. Y no existen relaciones humanas de cercanía en las que no se jueguen distintos tipos de afectos.
Entonces, se arman asociaciones entre: comida y saciedad; comida y amor del otro; comida y felicidad. Por eso, de alguna manera, ingerir alimentos es siempre un acto de compensación. De incorporar algo que nos está faltando o de restablecer un equilibrio perdido. O sea, que el objetivo de alimentarnos, puede ir desde revertir una baja de glucosa hasta evadirnos de los sentimientos de soledad, o intentar rellenar los agujeros de nuestra identidad con las frutas confitadas de un Pan Dulce Canale.
Por otra parte, pareciera que las sociedades fijaron, en algún momento de la evolución antropológica, ciertas fechas especiales del año en las cuales se espera que todos los súbditos de la comarca sean felices. Para eso, deseamos Felices Fiestas a nuestros prójimos.
Pero lamentablemente, no podemos encender nuestra alegría como lo hacemos con las velas de Jánuca o los arbolitos de Navidad. Porque los deseos y los sentimientos vienen de adentro y no pueden ser impuestos arbitrariamente por el afuera. Y los tiempos internos a veces no coinciden con los que dicta el meridiano de Greenwich.
Creo que la Navidad y el Año Nuevo, son eventos que producen mucha ambivalencia en las personas. Y pienso que, en estas ocasiones, se hace más patente todo lo que tenemos pero también todo lo que nos falta.
Quizás se trate del padre/madre/hijo que no está (por abandono, enfermedad, distancia geográfica, pelea o muerte). O tal vez, de la disyuntiva de con quién festejar bajo la cual se esconde la masa indiferenciada de conflictos familiares. O de la plata que no alcanza. O de los proyectos de vida que no se cumplieron.
Entonces, quien sabe la costumbre de atiborrarnos de comida, tenga el objetivo de evitar que nos conectemos con esas pérdidas y esos dolores. Porque los hidratos de carbono, que son los que más abundan en las mesas festivas, suelen provocar sensaciones de felicidad, tan efímeras como instantáneas. Y, como dicen por ahí: panza llena, corazón contento.
Lo que intento decir es que, disfrutar de las fiestas de fin de año es algo deseable pero no es obligatorio. Y creo que no tenemos por qué sentirnos en falta si estamos tristes o no compartimos el espíritu de celebración exaltada de los demás.
En fin, ojalá que en el 2013 nos demos permiso para ser fieles a nosotros mismos, cambiando lo que se pueda modificar y aceptando lo que no tiene solución.
¡Suerte para tod@s!
Nos vemos en el 2013.
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